Hay rechazos que recordamos durante años, el día que no nos eligieron para un trabajo, la persona que no quiso amarnos, el grupo al que no logramos pertenecer, el amigo que prefirió a alguien más, el padre o la madre cuya mirada buscamos y nunca sentimos suficiente, incluso existen pequeños rechazos cotidianos: un mensaje que no fue respondido, una invitación que nunca llegó o esa sensación incómoda de no haber sido tomado en cuenta.
Todos hemos sido rechazados alguna vez, sin embargo, dos personas pueden atravesar prácticamente el mismo rechazo y salir de él de maneras completamente diferentes. Una puede sentir dolor, elaborar lo ocurrido y continuar. Otra puede convertir aquel rechazo en una herida que permanece abierta durante años. ¿Por qué?
El rechazo no duele solamente por lo que ocurre, cuando alguien nos rechaza, rara vez reaccionamos exclusivamente ante el acontecimiento presente, también reaccionamos desde nuestra historia.
Imaginemos a dos personas que terminan una relación, una puede pensar: “Me duele profundamente que no quiera continuar conmigo, pero tendré que aceptar que sus sentimientos cambiaron.” Otra puede pensar: “Otra vez. Nadie se queda conmigo. Seguramente hay algo malo en mí.”
En el segundo caso, el rechazo actual quizá ha encontrado una herida anterior, ya no duele únicamente que una pareja se haya marchado: se reactualizan otras experiencias en las que la persona se sintió abandonada, desplazada, insuficiente o poco amada.
Por eso algunas veces un rechazo pequeño provoca un dolor aparentemente desproporcionado, no necesariamente estamos reaccionando solo ante lo que acaba de ocurrir; puede haberse despertado algo mucho más antiguo.
Pero ¿Qué hacemos con el rechazo? Y Aquí aparece una diferencia fundamental, hay personas que pueden procesarlo, se permiten sentir tristeza, enojo, decepción o frustración. Se preguntan qué ocurrió, reconocen aquello que les corresponde y también aquello que pertenece al otro. Y con el tiempo pueden transformar la experiencia:

“No me eligieron para ese trabajo, pero eso no significa que sea incapaz.”
“Esa persona no quiso continuar conmigo, pero eso no determina mi capacidad para ser amado.”
“No fui aceptado en ese grupo, pero no necesito destruir quién soy para pertenecer.”
Transformar positivamente un rechazo no significa fingir que no dolió, significa poder atravesar ese dolor sin convertirlo en una sentencia sobre nuestro valor. Pero también podemos transformar el rechazo en algo destructivo.
Algunas personas lo convierten en resentimiento: “Algún día se arrepentirán. “Otras en autodesprecio: “No soy suficiente “. Algunas desarrollan una necesidad permanente de demostrar: “Voy a conseguir tanto que nadie volverá a despreciarme.” Y otras evitan volver a vincularse: “Si no me acerco demasiado a nadie, nadie podrá rechazarme.”
Parecen respuestas diferentes, pero pueden compartir algo: el rechazo sigue gobernando la vida de la persona mucho después de que quien rechazó ya se fue.
Desde una mirada psicoanalítica podemos hacernos una pregunta todavía más incómoda: ¿Por qué algunas personas parecen encontrarse una y otra vez en lugares donde terminan sintiéndose rechazadas? no significa que conscientemente quieran sufrir. Puede ocurrir que aquello que nos resulta dolorosamente familiar también ejerza una extraña atracción inconsciente.
Quien durante su historia tuvo que luchar permanentemente para obtener reconocimiento puede terminar involucrándose con personas emocionalmente poco disponibles. Entonces vuelve a esforzarse por conseguir aquello que conoce desde hace mucho tiempo; ser elegido por alguien que difícilmente elige.
Y cuando finalmente es rechazado puede confirmar una antigua creencia; “¿Ves? Yo sabía que nadie se quedaba conmigo. “El problema ya no es solamente el rechazo, es la repetición de una historia.
Existe otra defensa menos evidente, algunas personas abandonan antes de que las abandonen, se distancian cuando empiezan a enamorarse. Terminan relaciones cuando comienzan a sentirse vulnerables, descalifican al otro cuando perciben que están necesitándolo, parece independencia, pero algunas veces detrás existe miedo: “Prefiero rechazarte antes de darte la posibilidad de rechazarme. “Así, aquello que intentamos evitar termina organizando nuestras relaciones.
Elaborar un rechazo implica llegar a una comprensión difícil pero liberadora: que alguien no nos elija no significa necesariamente que carezcamos de valor, no todas las personas van a amarnos, no todos los espacios serán nuestros, no obtendremos todos los trabajos, no seremos elegidos siempre. Madurar también implica tolerar que no podemos ocupar todos los lugares ni ser objeto del deseo de todos.
Pero existe una diferencia enorme entre decir: “No me eligieron “y concluir: “No valgo. “La primera frase describe un acontecimiento. La segunda convierte ese acontecimiento en identidad. Y quizá ahí se encuentra una de las tareas más importantes después de un rechazo: separar lo que ocurrió de lo que creemos que aquello dice acerca de nosotros.
Querido lector…
¿Cuántas veces te han rechazado? Pero quizá hoy la pregunta más importante no sea esa. ¿Qué hiciste con cada uno de esos rechazos?
¿Los convertiste en aprendizaje? ¿En resentimiento? ¿En miedo? ¿En necesidad de demostrar? ¿Hay una razón para dejar de amar? ¿O todavía estás intentando conseguir, en otras personas, la aceptación que alguna vez alguien te negó? Porque no podemos evitar todos los rechazos de nuestra vida. Lo que sí podemos hacer es preguntarnos por qué algunos continúan viviendo dentro de nosotros mucho después de haber ocurrido.

