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El niño y su autoestima

El desarrollo de un niño se va describiendo, de manera simbólica y gradual de acuerdo a su contexto y sus familiares, se va organizando su vida emocional, su relación con los demás y también cómo aprende (a su modo) lo que es permitido, lo que cuesta, lo que se pierde y lo que se puede reparar.

Las experiencias corporales muy concretas que luego se vuelven significados: placer, espera, esfuerzo, frustración, ganancia, límites. Para una madre, pensar estas etapas puede ayudar a entender por qué ciertos comportamientos (como el capricho, la constipación, la testarudez o la culpa) no son no son provocadas por malicia, sino intentos del niño por atravesar algo esencial: convertirse en alguien capaz de soltarse de los otros, con un yo propio, aprendiendo a tolerar la ley y la diferencia.

En este recorrido, hay un tramo muy importante en el desarrollo de un niño: El psicoanálisis lo distingue como una primera fase que es la oral que comprende de 0 a 2 años, el placer y la forma de relacionarse con el mundo pasan principalmente por la boca. El bebé vive sobre todo el ciclo de dormir y comer: cuando tiene hambre o no se siente bien, aparecen incomodidades que pueden sentirse como ansiedad. En ese momento, la “búsqueda” no es por algo abstracto, sino por algo muy concreto: nutrición y lograr la calma.

Durante la lactancia, la madre y el bebé logran una especie de conexión: el cuerpo del bebé recibe alimento y el bebé siente consuelo; la madre lo acompaña y responde. Por eso, la boca (labios, chupeteo, pezón) se vuelve la zona clave de disfrute, sobre todo porque está ligada a la alimentación.

Con el tiempo, esa necesidad de comer va dejando paso a un placer que el bebé puede repetir por sí mismo: por ejemplo, succionar o usar el chupete como una forma de calmarse u obtener bienestar sin que sea estrictamente en el momento de la comida.

En términos simples: al principio, el bebé obtiene placer a través de la boca porque necesita comer y sobrevivir; después, el mismo comportamiento (chupar, explorar con la boca) también se vuelve una forma de auto-calmarse. La “tarea” principal de esta etapa sería aprender a incorporar: tomar lo que necesita del otro (la madre) y luego lograr cierta regulación propia a través de lo oral.

La segunda fase es la anal, vinculada a las heces y al control de esfínteres. No porque el tema sea “las heces” en sí, sino porque allí el niño aprende con el cuerpo una primera forma de relación con la madre y el padre: dar o no dar, soltar o retener, hacer a tiempo o resistir, cumplir o insistir. Ese “soltar” no es solo biológico: también es una manera temprana de ensayar la distancia con el otro y el valor de lo que se entrega.

Para la teoría psicoanalítica las heces tienen un valor simbólico, para el niño, ese producto corporal puede volverse una “cosa” que representa algo más grande: su control, su poder, su capricho, su pertenencia, su forma de pedir. En la infancia, el niño no separa con claridad lo que pasa por el cuerpo de lo que pasa por la mente. Por eso, el “control” de los esfínteres se vuelve una escena donde se juegan vínculos, límites y sentimientos.

En ese proceso aparecen culpa y vergüenza, que son efectos típicos de cómo se simboliza lo anal. La diferencia es importante: La culpa suele estar ligada a la idea de haber hecho algo “mal”, de haber transgredido un límite. Vergüenza: Es más profunda y más identitaria; no es solo “me equivoqué”, sino “yo soy eso que salió mal”.

Cuando la simbolización de lo anal se organiza bien, el niño puede construir gradualmente una conciencia moral más flexible: entiende que el error existe, que se puede reparar y que no lo define totalmente.

En cambio, cuando ese trabajo no se atraviesa “bien”, a veces el resultado es distinto: la moral puede quedar dura, confusa o poco disponible, y el adulto puede tener menos escrúpulo para distinguir lo que es correcto, no tanto por “falta de valores”, sino porque la culpa/vergüenza no se han instalado de un modo que permita un aprendizaje reparador.

La etapa anal:
Un punto clave que a veces sorprende a las familias es el siguiente: el niño que constantemente estreñido se identifica con las heces. Esto significa que el “material” retenido puede representar, para él algo muy valioso: su control. Desde esa identificación, el capricho aparece como una manera de no aceptar la deuda con el otro.

Decir “deuda con el otro” suena extraño, pero se entiende así: en la crianza, el niño necesita del adulto (ropa, tiempo, acompañamiento, paciencia). Si el adulto marca un ritmo y el niño debe adaptarse, aparece la vivencia de que el otro exige, ordena, espera. Retener puede funcionar como un modo de decir: “Yo decido. Yo no me entrego. Yo no me pongo en falta”. No es una postura racional; es una forma infantil de tramitar poder, separación y autonomía.

Por eso, frente al estreñimiento, la pregunta no es solo ¿cómo lograr que evacúe?, sino también ¿Qué está defendiendo el niño cuando no suelta? Muchas veces, la constipación se vuelve un símbolo de una tensión más amplia: miedo, exigencia, control excesivo o, en otros casos, la necesidad de afirmarse frente a un adulto que presiona.

3) Del control a supremacía, para dar lugar a imagen realista

En la fase anal se juega también el paso del niño desde una vivencia de omnipotencia hacia algo más realista. El dominio anal implica pasar de sentir que todo depende de uno a construir una imagen más realista de sí mismo.

Antes, el niño cree (con lógica infantil) que su deseo crea la realidad. Luego, al aprender hábitos, ritmos, tiempos, y al encontrar límites, aparece la experiencia de: “No todo lo que quiero sucede”. Ese pasaje es doloroso, pero necesario: es el nacimiento progresivo de un yo que puede aceptar la frustración y buscar alternativas, sin destruir el vínculo.

Control de esfínteres

El control de esfínteres es una encrucijada capital para la constitución narcisista del niño: allí comienza a armarse una identidad, entendida como la diferencia entre uno y los otros.

El niño aprende gradualmente nociones tan fundamentales como estas: Dentro y fuera: que hay algo “de mi cuerpo” y algo “fuera de mí”.
Yo y no-yo: se reconoce como un individuo separado.

Adentro/afuera: un niño es capaz de organizarse con límites, siempre que haya un adulto capaz de asumir el papel de padre, vista nunca como una imposición.

Este es un trabajo de identidad, no solo un aprendizaje de higiene. Por eso, cuando se vive como un desafío excesivo (o como una humillación), puede quedar fijado en el tiempo como dificultad para soltar, para tolerar límites, o para aceptar la propia imperfección.

Narcisismo

A veces se piensa que “narcisismo” significa solo egoísmo o vanidad, pero en este marco se refiere a algo más básico: la identidad del niño en el sentido de las relaciones que establece. El niño se construye en relación con el otro: aprende quién es a través de la diferencia.
Por eso, el control de esfínteres no solo es “retener o soltar”, sino ensayar la diferencia: “Yo decido”, “Yo puedo”, “Yo no puedo”, “El otro espera”, “El otro pone un límite”.

Hay un punto muy humano: atravesar la renuencia pone en acto la capacidad de dar, pero no solo como depósito de desechos en el otro. La idea es más amplia: el niño aprende a “ofrecer” algo en un vínculo, aceptando que el vínculo no se rompe aunque haya exigencia.
En el mejor de los casos, el niño logra transformar la escena de control en una escena de confianza: “puedo soltar”, “puedo pedir ayuda”, “puedo cumplir sin perderme”. Cuando no se atraviesa, la renuencia se vuelve un modo rígido de control o una forma de victimizarse sin salida.

Autoestima

Muchas familias creen que autoestima es “sentirse positivo”. Pero un yo fuerte no significa sentirse siempre bien. Significa algo más maduro: poder sostener una imagen de si realista.

Un niño (y luego un adulto) con yo fuerte puede aceptar: Que no siempre es totalmente bueno, que hay cosas que no dependen de uno, que a veces fracasamos que no es tan grave como para destruirse.

La autoestima del niño no se construye desde la idea de sentirse grandioso, sino desde la posibilidad de desarrollar un yo fuerte que, en conjunto con diversos factores, permita sostener los desafíos del crecimiento.

Así, influyen de manera decisiva el entorno familiar, el ámbito escolar, los aspectos biológicos y la forma en que el pequeño logra transitar de manera favorable las primeras etapas del desarrollo, vinculándose con aquellas que continúan después: la fase fálica, la latencia y, por último, la fase genital, fases que se desarrollan más adelante en otro texto. En este proceso, resulta fundamental la presencia de un cuidador paciente, cálido y sensato, capaz de ofrecer un entorno seguro y contenedor.

Bibliografía: (ebook): Luterau, L. (2018). Más crianza, menos terapia: Ser padres en el siglo XXI. Paidós.

Psic. Laura Jordan

@hadlapsic

Mi nombre es Davyd, desde la adolescencia me he desarrollado en el ámbito de la tecnología de la información. Soy desarrollador, pero también creador de contenido. Me gusta el arte, la música, los viajes, la ciencia, la psicología, la fotografía aunque no he incursionado mucho aun en esto último, pero en estos próximos cinco años lo haré.

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