Cuando alguien prueba una droga por primera vez, casi nunca lo hace pensando en que va a terminar adicto,
la mayoría solo busca pasarla bien, escapar del estrés, relajarse o simplemente “olvidarse de todo por un rato”.
Y sí… al principio parece que funciona.
Pero lo que muchos no saben es que esa sustancia empieza a modificar el cerebro desde el primer consumo.
El cerebro funciona gracias a mensajeros químicos llamados neurotransmisores, como la dopamina (placer), la serotonina (bienestar), y otros que regulan el sueño, el miedo, el juicio o el movimiento. Las drogas interfieren directamente en ese sistema, algunas lo estimulan de más, otras lo apagan, y otras lo distorsionan. Por ejemplo:
Los estimulantes como la cocaína o el cristal disparan la dopamina al máximo… pero luego viene el bajón. La marihuana cambia la percepción y la memoria. El alcohol te desinhibe, pero también deprime zonas del cerebro que regulan el control y la conciencia, en resumen, te desconectan de la realidad y de ti.
Porque el cerebro, sobre todo en los adolescentes y jóvenes, todavía se está formando, y si aprende que solo puede sentirse bien a través de una sustancia, se vuelve dependiente, con el tiempo pierdes motivación, te cuesta concentrarte y pensar con claridad, además te sientes vacío si no consumes, tu cuerpo necesita más para sentir lo mismo, aparecen la ansiedad, la paranoia o la depresión. Es decir, lo que empezó como una “escapada” se convierte en una jaula química.
Desde lo clínico, la adicción no es solo física, también es emocional y psicológica, a veces detrás del consumo hay soledad, conflictos familiares, baja autoestima, abuso o trauma.
Desde el psicoanálisis, el consumo puede ser un modo inconsciente de evitar el dolor emocional, de tapar una angustia o de llenarse de algo… cuando por dentro se siente un vacío.
El problema es que la droga nunca resuelve lo que duele, solo lo aplaza… y lo empeora.
Sí, y muchos lo han logrado,
pero no es solo cuestión de fuerza de voluntad, se necesita apoyopsicológico (para entender el porqué del consumo), redes de contención (familia, amigos, terapeutas), un entorno que no juzgue, sino que escuche.
El cerebro, aunque esté dañado, puede reorganizarse, es lo que se llama neuroplasticidad, pero necesita tiempo, ayuda y, sobre todo, una decisión profunda de cambiar.
Consumir para “sentirse bien” es una trampa,
la droga no te conecta con la vida te desconecta de ti mismo.
No estás loco ni roto por haber caído, pero sí puedes quedarte atrapado si no haces nada.
Habla, pide ayuda, no te calles
porque detrás del consumo hay una historia, y esa historia merece ser escuchada… sin miedo y sin culpa.
Afm.
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